Una odisea de odas
Para
continuar tratando el tema del desarrollo del pensamiento y la influencia de la
tecnología en nuestras mentes, en esta reseña del capítulo 3 se hablará de la
mente y cómo esta no es solo una herramienta en sí, sino también una productora
de las mismas. Por medio de unos cuantos ejemplos Carr acude a la Historia para
exponer cómo la tecnología ha estado siempre presente en la línea del tiempo y
cómo ésta ha incidido en las actividades de la vida y en el progreso de la
especie. “El molino de viento produce una sociedad con señores feudales; el
telar de vapor produce una sociedad con capitalismo industrial” (Marx en Carr.
Pp.64).
Aun cuando
filogenéticamente no hemos cambiado mucho, nuestra manera de pensar ha pasado
por diversos cambios. Las capacidades de resolución de problemas, el análisis y
las invenciones humanas son producto de un ciclo del pensamiento en donde éste
produce e innova y al mismo tiempo que lo hace, ayuda a potencializar su
ejercicio por medio de estas creaciones. Sin embargo, ¿qué sería del
pensamiento si este no está estructurado u organizado?
El lenguaje
articulado fue el gran impulsador de la manera en que pensamos como individuos
y finalmente como sociedad, sin embargo faltaba algo más para que la
comunicación cumpliera su objetivo final que es hacer que el otro logre
entender mi perspectiva y por ende, mis pensamientos e ideas.
Así Sócrates, un gran impulsador de la dialéctica,
criticara la escritura como obstaculizadora de la profundidad y el alcance del
pensamiento y por lo tanto de la felicidad; ésta fue necesaria para que hubiera
una comprensión más eficaz y global de los pensamientos del otro. La
formalización de un lenguaje escrito cuyos símbolos representaran ideas
mentales e inteligibles para todo el mundo fue en términos de abstracción y
creatividad mental lo que llamaría Piaget, el último estadio del desarrollo
cognoscitivo de los individuos.
El lenguaje es
entonces lo que Carr denomina tecnología
intelectual la cual apoya la capacidad mental y amplía su alcance. Por otro
lado están las tecnologías de la fuerza
física (un avión), los sentidos (microscopio) y de
las necesidades o deseos (pastilla anticonceptiva). En donde cada una tiene una ética intelectual que apela lo que
sería el funcionamiento óptimo de la mente humana. Sin embargo como afirma Carr
“La ética intelectual de una tecnología rara vez es reconocida por sus
inventores. Por lo general están tan concentrados en resolver un problema
particular o desenredar algunos espinosos dilemas científicos o de ingeniería,
que no ven las consecuencias más amplias de su trabajo.” (pp. 63). Muchos de
los elementos con los que contamos hoy en día como el reloj o la cartografía se
dieron por necesidades mas no por búsquedas deliberadas de la mente por
potencializar las capacidades innatas del ser (Carr. 2011).
Es
por este motor de la necesidad que continuaremos acudiendo a la recursividad
para expresar nuestra voluntad humana (Carr. 2011) y seguir incluyendo aún más herramientas
al repertorio de la cotidianidad del ser humano así sea de manera ingenua y no
pensada como un reforzamiento a nuestras aptitudes. En vez de optar por el
maniqueísmo de los deterministas como McLuhan por la tecnología, la perspectiva
instrumentalista además de ser la más aceptada, es la más objetiva frente al
uso de estas herramientas múltiples de la mente. Si la filogénesis no ha
variado considerablemente, es entonces la ontogénesis la que debería plantearse
como una odisea de odas desde la tecnología intelectual.
Bibliografía
Carr. N. (2011).
“Las herramientas de la mente” En: Superficiales: ¿Qué está haciendo
Internet con nuestras mentes?. Taurus. Bogotá Colombia.
Ana Maria
Escobar Fonseca.
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